Opinión Política

NEGOCIAN LOS AUTOCRATAS? Julio Castillo S. @juliocasagar

Si, los autócratas definitivamente si negocian. Suelen hacerlo en dos circunstancias:
1. Cuando están débiles y no les queda otra salida para salvar el pellejo o para “salvar los muebles del incendio”
2. Cuando necesitan ganar tiempo.
Hay numerosos ejemplos de ambos supuestos. Uno paradigmático sobre la negociación para salvar el pellejo lo protagonizó el ´propio Vladimir Ilich Ulianov (a) Lenin, cuando se vio obligado a firmar la Paz de Brest-Litovsk con los alemanes a finales de la Primera Guerra Mundial. Lo hizo cuando no tenía otra opción. Eso se deduce de sus propias palabras: “Hemos debido firmar la paz, cuando los cañones germanos apuntaban al corazón de Petrogrado”. Es absolutamente seguro que si la situación hubiese sido la contraria, es decir, si los cosacos rusos hubiesen estado en Potsdam, a las puertas de Berlín, hubiera entrado a sangre y fuego a la capital alemana y no habría habido suplica de tregua o acuerdo que lo hubiese detenido. Habrían izado la bandera roja en el Reichstag, como lo hicieron sus sucesores del ejército rojo en la segunda guerra.
Otro ejemplo de negociación con el agua al cuello fue la de las FARC con el gobierno colombiano. No fue sino cuando la democracia colombiana (al precio altísimo de las atrocidades de todas las guerras) les derroto política y militarmente, que avinieron en dejar las armas. Aquí también, si la situación hubiese sido la contraria, o sea, si “Tiro Fijo” o el “Mono Jojoy” hubiesen tenido medio millón de combatientes en Zipaquirá o en Usaquén, listos para entrar en Bogotá, no hubiera habido acuerdo de paz que valiera, habrían entrado inmisericordes hasta la Plaza de Bolívar y, hoy, Iván Márquez despacharía “ad infinitum” desde el Palacio de Nariño.
Así mismo, el ejemplo emblemático de la negociación de un autócrata para ganar tiempo es, sin duda, la que puso en marcha Hitler y cuyo resultado exitoso, para él, fue la firma del Tratado de Múnich. El Fuhrer gano tiempo para terminar de armar a Alemania, frente a las narices de una Europa paralizada por el miedo y un Chamberlain y un Daladier que le permitieron ocupar los sudetes checoeslovacos y la orilla desmilitarizada del Rin, creyendo que con eso calmarían sus delirios expansionistas. Como les dijo Churchill “cargaron con la humillación del tratado y además no evitaron la guerra”
Es evidente que, en estos acuerdos que firmaron con todos estos pájaros de cuenta, hubo una contraparte que considero que debía suscribirlos. La pregunta obligada es: ¿Se debe llegar acuerdos con sujetos como estos? ¿Qué pensaban o que querían los que firmaron con ellos? Como suele ocurrir en la política (y “la guerra es la continuación de la política por otros medios” como nos recuerda el Barón Von Claussewitz) la respuesta debería ser: ¡Depende! ¿Y depende de qué? Pues de las circunstancias; de los intereses; del momento.
Veamos el caso del Tratado de Múnich. Churchill, quien fue quien tuvo razón, nunca dijo que no había que tratar con Hitler. El mismo, en varias ocasiones, estuvo a punto de hacerlo. En un viaje a Alemania concertaron una cita que fue suspendida por el dictador en protesta por una declaración del líder ingles sobre el tratamiento salvaje de Alemania a los judíos y luego, en medio de la tragedia de Dunkerque, bajo el bombardeo de Londres y la indiferencia de los primos norteamericanos, lo pensó igualmente. Lo que Churchill adversó y hay que repetirlo hasta la saciedad, fue el infame Tratado de Múnich y sus nefastas consecuencias para la humanidad.
Ahora bien, ya por estos lares y en estos momentos, en Venezuela es ineludible la pregunta: ¿Se puede y/o se debe negociar con el régimen de Maduro?
De que se puede se puede, ha habido experiencias de las que hablaremos luego. ¿Se debe?, pues una vez más, ¡Depende! ¿De qué? De lo que quieras lograr y de lo que sea factible lograr. Como acabamos de decir, ya se ha negociado con Maduro. Oslo y Barbados fueron un ejemplo.
¿Qué paso con Oslo y Barbados? Desde afuera, nos atrevemos a decir que ese formato no funcionó ni funcionará por una razón muy sencilla. Maduro no le cree a la oposición y la oposición no le cree a Maduro, nada de lo que pueda discutirse y acordarse. Sentados en una mesa, ni con la Madre Teresa de Calcuta de mediadora, será posible conseguir ningún acuerdo. De nada valdrán las buenas intenciones de terceros, nos atrevemos a concluir que eso no llegara a buen puerto. La otra razón que pareciera abonar en el sentido de que hay que encontrar otro formato, es que Venezuela es un problema geopolítico mundial y como tal debe ser tratado. Las partes contendientes deberían contar con esta realidad. Desde este punto de vista es cierta la afirmación: “solos no podemos”
En consecuencia, y aunque parezca temeraria la afirmación: Sobre Venezuela deben negociar quienes tengan intereses en ella y en el brete geopolítico en el que el país se ha convertido. ¿Y quiénes son estos señores? La lista puede ser larga, pero la corta puede estar integrada por: Los Estados Unidos, Cuba, Rusia, China, y nuestros países limítrofes, Colombia y Brasil. Estos países deberían montar una agenda, en consulta obviamente con las partes enfrentadas en Venezuela y proponer una hoja de ruta sobre el tema de nuestro país: ¿Qué debería interesarnos a los demócratas venezolanos? Pues que finalmente pudiéramos conseguir las condiciones para que la soberanía nacional y popular pueda expresarse para definir el futuro de la nación; que rescatáramos el derecho al voto y a ejercerlo con eficacia.
¿Maduro estará interesado en que esa sea la conclusión de una negociación? Obviamente que no. En estos momentos siente que sus adversarios no tienen fuerza para sacarlo de Miraflores y piensa que puede resistir. ¿Pero, Maduro está tan fuerte como cree? No. Maduro, en realidad, está débil, muy débil. Tiene el 85% del país en contra. Tiene las principales democracias del mundo en contra. Tiene un país deshilachado que en cualquier momento le explota en la cara. Tiene cada vez menos posibilidades de que sus aliados den la cara por él luego del informe de la ONU sobre los Derechos Humanos y el anuncio del proceso ante la Corte Penal Internacional. Además, su estrategia de última hora de lograr el reconocimiento internacional del 6 D falló estrepitosamente y a lo interno no pudo conseguir apoyos más allá de los de la Mesita y Los Alacranes que ya los tenía hace tiempo. Sin embargo, Maduro que sabe todo esto, siente que sus adversarios están igualmente débiles y por eso se dio el lujo de darle con la puerta en las narices a la Unión Europea y echar por tierra un supuesto acuerdo que Capriles y Borrel habían trabajado.
Es en este marco, en el que el actual statu quo pareciera prolongarse y en el que ninguna de las partes pareciera tener la fuerza suficiente para exterminar a la otra, en el que un nuevo formato que integre la presión política y diplomática de TODOS los involucrados en el problema de Venezuela, pueda dar frutos en el medio plazo.
Se podría comenzar poniendo de nuevo sobre la mesa las dos propuestas de régimen transitorio que se han formulado: Una es la que planteo el presidente Trump a través de su delegado especial Elliot Abraams y otra, la que planteó la AN y a la que denominó Gobierno de Emergencia Nacional. Ambas, planteaban la separación de Maduro y de Guaido y la conformación de un Consejo de Estado que regiría al país hasta unas elecciones libres y se ocupara, entre tanto, de administrar la ayuda humanitaria. En la propuesta norteamericana se preveía un progresivo desescalamiento de las sanciones a cambio de concesiones democráticas hacia las elecciones libres. Si esas elecciones comprenden la revalidación de TODOS los mandatos públicos y se logran las condiciones necesarias para realizarlas, serian una interesante iniciativa a auscultar.
¿Es imposible lograrlo? Nunca lo sabremos si no lo impulsamos. Para ello debemos redefinir la unidad de los factores que verdaderamente adversan al régimen dentro y fuera del país. Hoy quizás no veamos claro el camino, pero esa debilidad intrínseca del régimen que hemos aludido, puede jugar a favor de la aspiración de las fuerzas democráticas.
Hoy no tenemos los cañones que apunten al corazón de Petrogrado, pero podemos tener un arma más poderosa que todos los cañones: Una reformulación de la unidad, con una agenda común y un nuevo marco de apoyo internacional a nuestra causa, aprovechando las nuevas coyunturas geopolíticas del mundo.

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