Opinión Política

CONTIGO APRENDI Julio Castillo Sagarzazu (@juliocasagar)

 

Todos hemos aprendido algo de Armando Manzanero. No hay una sola de sus canciones que no nos interpele el alma y haga vernos dibujado en algunos de los pasajes que ellas que narran. Esas letras elocuentes, han estado siempre acompañadas de una melodía que se nos mete por todos los poros de la piel hasta llegar al alma.
Manzanero nos convenció de que la semana podía tener más de siete días y que podíamos ver la luz del otro lado de la luna. Lo logro con el poder invencible de la música que es la manera como Dios remendó el capote del inmenso zaperoco bíblico de la Torre de Babel.
Podemos hablar miles de lenguas, pero el Canon de Pachelbel, El Ave María de Schubert, el Yesterday de los Beatles, los acordes de la Marsellesa, Adoro del maestro, La Quinta Anauco de Aldemaro, la Ansiedad de Chelique, el Caballo Viejo del tío Simón y el Duérmete mi niño, el himno nacional con el que nuestras madres y abuelas arrullan a los niños venezolanos, siempre harán que reconozcamos que, en el fondo, somos una misma especie capaces de emocionarnos con las mismas cosas.
La música zurce con hilos invisibles los jirones rotos de las sociedades; hace colchas con los retazos en que a veces se rompen los pueblos, por eso las partidas de Manzanero, de Víctor Cuica, de María Rivas, de Sandy, de Tito Rojas, de John Lennon, de Aldemaro Romero y del tío Simón, nos duelen como si hubiésemos tenido su sangre, aunque en el fondo, quizás la hemos tenido, cuando escuchamos sus creaciones.
No es por azar que las naciones tienen himnos, los ejércitos bandas de guerra; que cuando cumplimos años nos cantan el cumpleaños feliz; que cuando nacemos nos cantan nanas para dormir y que las iglesias tienen coros para cumplir con aquello que decía San Agustín (quien canta, ora dos veces)
Los artistas y en particular los músicos, han solido interpretar con sus canciones y sus temas las realidades que les ha tocado vivir. En Venezuela, cuando marchamos cantamos y voceamos consignas, es una manera de sentirnos unidos, de comunicar fuerzas. Una canción puede convertirse en un catalizador, en un revulsivo, un detonante para sumar voluntades. Quizás el más icónico de estos casos sea el que representó durante el “risorgimento” italiano, el coro de los esclavos interpretando el “va pensiero”…(”Un pensamiento volando sobre las alas doradas de la nostalgia”) en el Nabucco de Verdi. Esta canción se convirtió en una especie de segundo himno nacional y en el referente de la unidad y libertad de Italia. Pocos saben que VERDI es el acrónimo de “Vittorio Emanuele, Re de Italia”. Dicen que el ánimo que esta canción insuflo en el espíritu de los italianos fue decisivo en la concreción de esa Italia unida.
Quien no recuerda también la más emocionante de las interpretaciones de La Marsellesa que se han visto en un film, cuando, en el bar de Casablanca, decenas de franceses ahogan el canto de los oficiales nazis con su himno nacional, desafiando los peligros que aquello suponía. Es una de mis escenas favoritas de todo el cine que he visto y una muestra irrebatible del poder de la música para unir a la gente en una causa.
Ojala que en Venezuela tomemos prestado de estos ejemplos, el papel inusitado y mágico que puede tener el arte, la música y el espíritu sublimado para unir voluntades.
Nuestros artistas se han unido ayer muchas veces para luchar por la democracia y en estos días aciagos también. Necesitamos reeditar esas experiencias y llenar el vacío que, a veces, el liderazgo político no puede colmar para, de esa manera, articular sinergias que nos hagan llegar hasta donde solos no se podríamos.
Estamos seguros que el próximo año todos esos seres humanos extraordinarios que nos dejaron en estos últimos días: Manzanero, Sandy, Tito Rojas, Víctor Cuica y antes María Rivas y Aldemaro Romero, puedan armar un buen guateque en el cielo y enviarnos sus buenas vibras a esta tierra de gracia.
Contigo aprendimos maestro.
¡No deje de enseñarnos!

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