Opinión

APUNTES URGENTES SOBRE LA HIPERINFLACIÓN, SALARIOS Y OTROS por: JESUS PUERTA

Jesús Puerta
A estas alturas del juego, calibrando las trayectorias y posibilidades de las fuerzas sociales y
políticas en juego en el país, he llegado a la conclusión de que el mejor gobierno que puede
tener Venezuela en estos momentos, es aquel que logre parar la hiperinflación y reanimar las
industrias y la producción agrícola. Si no se logra esto, en un año plazo, el país profundizara su
desintegración hasta la práctica extinción. Ya se han señalado en multitud de materiales las
graves consecuencias de la hiperinflación en términos de hambre, insalubridad, muerte y
destrucción de esta situación económica. Aquí no insistiré en ello.
En lo político, creo que lo más importante es que se respeten las libertades democráticas y se
recupere el funcionamiento de las instituciones fundamentales, universidades, escuelas,
centros de investigación científica, además de las propiamente políticas de los Poderes
Públicos, respetando la Constitución y las leyes. Pensar más allá de estas “pocas cosas” (que
hoy lucen utópicas), es declamar discursos huecos. Ya sé que me expongo facilito a un ataque
a mi pragmatismo y hasta a mi culto por la “democracia burguesa”. Por ahora, no discutiré eso,
para entrar a analizar lo urgente: la hiperinflación, los salarios y algunas pistas para reactivar la
economía. Creo que esos puntos son los básicos para cualquier “acuerdo nacional” de rescate
de la Patria, o como se le quiera llamar.
Lo haré en varias entregas. En esta me referiré a las explicaciones más comunes de la
hiperinflación y las experiencias mundiales más conocidas. En la segunda, describiré, en trazos
muy gruesos, lo que se hizo para salir de ese hueco en algunos países que atravesaron tal
infernal situación. En la tercera, me centraré en el ejemplo venezolano y adelantaré algunas
sugerencias para salir de la hiperinflación. En la cuarta, discutiré algunas propuestas
económicas que se han hecho por ahí.
La hiperinflación en Venezuela es un tema que ya ha sido analizado por varios economistas. Así
mismo, los temas conexos como el de los salarios y la reactivación de la economía. Por ello, en
este y otros artículos, repasaré algunos conceptos y explicaciones claves que, muchas veces,
han sido distorsionados por la pasión de la polémica polarizada. Ya se ha perdido mucho
tiempo en este debate centrado en identificar a los culpables para condenarlos a diversos
infiernos. En este sentido, me limitaré a decir que los “culpables” se pueden reducir a dos
grandes vectores fuerza: el gobierno (erróneas políticas económicas debidas a simple
incapacidad, o a elementos punibles, como la corrupción o “la extracción delictiva de la renta”)
y la acción extranjera (sanciones, obstáculos, etc., derivados, en gran parte, de la declaración
de Venezuela como “amenaza a la seguridad de los Estados Unidos”).
Hoy ya no se trata de llover sobre estos charcos, sino de otra cosa: hacer un análisis lo más
sistemático y veraz posible, para proponer políticas (y condiciones políticas) para salir de esta
situación que destruye todos los días la economía del país y empobrece, a niveles dantescos y
sin precedentes, a toda su población. Trataré de ser salvajemente sencillo para explicar, lo cual
no significa que sea simplista.

Explicaciones teóricas de la inflación y la hiperinflación, hay varias, pero pueden agruparse en
tres grandes corrientes: a) la monetarista, b) la keynesiana, y c) la estructural. La monetarista,
se centra en explicar el fenómeno, contrastando la masa monetaria con la de los bienes que se
ofrecen en el mercado, de tal manera que, dado un aumento significativo de dinero, emitido
por el gobierno, manteniendo fija o reduciendo la disposición de bienes y servicios, se tiene
como resultado un aumento inflacionario de los precios. Claro, aquí se supone que los precios
son sólo la medida de la intercambiabilidad necesaria entre la masa de dinero en manos de los
compradores y el total de producción en manos de los vendedores. Lógicamente, si aumenta el
dinero (a través de inversiones públicas o aumentos estatales de los sueldos), los precios
aumentarán y se dará la inflación. La explicación monetarista se la hemos leído a Jesús Farías,
como bien señala Pascualina Cursio y los camaradas del PCV.
La segunda gran corriente teórica de explicación de la inflación y la hiperinflación, es la
keynesiana. Parte de la misma premisa de la economía en general (y, por tanto, de la
monetarista): la de que debe haber un equilibrio entre la oferta y la demanda para garantizar
la estabilidad de los precios. Pero, a diferencia de los monetaristas, los keynesianos no creen
que el mercado, por sí mismo, logre esos equilibrios. Tampoco piensan que cualquier aumento
de la masa monetaria, en cualquier situación, desate la inflación. Consideran que existen
factores especulativos, aparte de que, si hay factores de producción (tanto fuerza de trabajo
como instalaciones industriales) que se hallan ociosos, inactivos, el aumento de la masa
monetaria en manos de los compradores puede motivar un aumento de la producción, sin
afectar significativamente los precios. Al realizarse (venderse) la producción en el mercado,
habrá incentivos para invertir más, y todo marchará de maravillas. De modo que, según este
enfoque, no sólo puede ser válido aumentar la emisión de dinero, sino que ésta puede
contribuir a activar los factores productivos ociosos y aumentar el empleo. Es la posición de la
profesora Cursio y otros, quienes además proponen que ese envión de masa monetaria se
debe introducir a través de los salarios de los empleados públicos, gracias a un incremento de
los impuestos a las ganancias de los capitalistas.
El otro elemento diferencial entre las posiciones monetaristas (vinculadas al neoliberalismo) y
las keynesianas (muy aplicadas desde por lo menos la década de los cuarenta, hasta más o
menos los 90), es que aquellas rechazan la intervención sistemática del Estado en la economía,
y éstas más bien proponen esa intervención. Esto sólo en teoría, porque gobiernos muy
neoliberales han intervenido emitiendo inmensas sumas de dinero para compensar las
pérdidas de los bancos, los cuales, por otra parte, son los grandes culpables de la crisis misma,
para dar respuesta a graves crisis, como fue el caso de la crisis financiera de 2008.
El enfoque estructural ubica las causas más profundas de la inflación en elementos
estructurales de la economía. Autores como Domingo Alberto Rangel, han sostenido que la
inflación histórica de Venezuela se debe a un principalísimo factor estructural: la dependencia
de toda la economía de la explotación petrolera, que, por sus rendimientos, contribuye a
distorsionar todos los factores económicos. En efecto, la renta petrolera no refleja la plusvalía
de las fuerzas de trabajo del país, tampoco su productividad, sino la diferencia importante de
rendimiento de nuestros pozos en comparación con otros en el mundo, menos ricos y, por
tanto, demandantes de mayores inversiones para sacarles el petróleo requerido por el
mercado. En otras palabras, la renta del propietario del recurso natural (o sea, el Estado

venezolano) la paga más bien la plusvalía obtenida de la fuerza de trabajo de los países
compradores, reunida en los capitales transnacionales. Eso distorsiona muchas cosas. Por
ejemplo, durante muchos años nuestra moneda, el bolívar, estuvo sobrevaluada. Esto puede
sorprender, sobre todo en momentos en que el bolívar ha muerto por una dolarización
aceptada por el gobierno. Pero lo que expresa es que, durante muchos años, se han usado
menos bolívares para comprar afuera, lo que costaría muchísimo más aquí. He aquí también la
razón de la rentabilidad de la actividad especulativa financiera y de actividades como el
contrabando. Volveremos más adelante sobre esto.
Las experiencias de hiperinflación en el mundo capitalista no son muchas, y podemos aprender
de ellas. Las más interesantes para nosotros son, por un lado, algunas europeas que nos sirven
de referencia (la alemana de 1921-1923, la húngara de 1945), por el otro, las latinoamericanas
en la década de los noventa del siglo XX (Perú, Argentina, Brasil y Nicaragua) y las africanas
(Zimbabwe, sobre todo). De todas ellas, la más larga ha sido la de Zimbabwe. Las europeas
(Alemania, 1922: 322%; Hungría: 19.800%) duraron un año o poco más de ese período. Igual,
las latinoamericanas. Decirle esto a los venezolanos, es sorprendernos, porque la
hiperinflación en nuestro país se lleva todas marcas: ha sido la más larga y de mayor
profundidad del mundo. En la segunda parte de estos “Apuntes…”, nos pasearemos por los
planes económicos que permitieron salir de la hiperinflación en esas experiencias.
En todo caso, hay que retener algunos factores comunes a todas estas experiencias. El
primero, es la destrucción del aparato productivo nacional causada por guerras, sean civiles o
internacionales (esto es más evidente, en los casos de Alemania y Hungría), o agudos conflictos
que tienen consecuencias análogas por el abandono o saqueo de las instalaciones productivas
y otras acciones, como, por ejemplo: huelga masiva de inversiones, pésima gerencia de las
empresas, corrupción. En cierto modo, es cierto que los venezolanos hemos atravesado por las
consecuencias económicas de una guerra, incluso en términos de destrucción, pero no por
bombardeos masivos, sino por abandono, despilfarro de recursos, saqueos y pésimas
gestiones.
En segundo lugar, hallamos el peso asfixiante sobre la economía nacional, de deudas
impagables. Otros factores comunes a las hiperinflaciones, que algunos autores ven más bien
como consecuencia (y otros, como causa), es la pérdida masiva de confianza en la moneda
nacional, lo cual se acompaña con la demanda y el uso de otras monedas (divisas) para poder
sostener las transacciones comerciales. También, hay que contar entre los factores, la virtual
quiebra del Estado, que, para lograr elaborar sus presupuesto, procede a emitir dinero sin
ningún respaldo de reservas, ya mermadas por el pago de la deuda externa y la caída de su
balance de pagos y comercial, o sea, que las salidas son mucho mayores que las entradas.
Todo esto va acompañado por tres elementos que pueden iniciar y agudizan el proceso
hiperinflacionario: a) fallas de la conducción del Estado al no aplicar políticas adecuadas,
afectivas y oportunas; b) una institucionalidad en crisis que abole toda confianza de los
particulares en el cumplimiento de los compromisos oficiales y c) aislamiento internacional
político y en relación a los grandes centros financieros.
Estos últimos factores son directamente políticos. Si no se da respuesta a ellos, fracasará
cualquier plan anti inflacionario, y la hiperinflación continuará hasta dejarnos un país desierto,

paupérrimo (más todavía), así como lo fue durante casi todo el siglo XIX. No es descaminado
afirmar que la crisis económica que sufrimos, con la hiperinflación sin precedentes mundiales
que la acompaña, puede aniquilar cualquier noción viable de país.
Por ello, es que asomamos en el primer párrafo que acabar con la hiperinflación tiene que ver
con el restablecimiento de las instituciones democráticas y, en consecuencia, de la confianza
de todos los agentes económicos o, por lo menos, la parte más significativa.
En la segunda parte de estos “Apuntes…”, nos pasearemos por los planes aplicados en las
experiencias históricas de hiperinflación para salir de ella.

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