Hacerlo bien como gobierno o como oposición pasa por escuchar la crítica, pero lamentablemente hay una clase política dirigencial que no escucha. Nadie supera sus debilidades si no comienza por reconocerlas y aceptarlas.

La política de oídos sordos la aplican a la perfección en ambos polos, unos por soberbia y otros por conveniencia. Que se puede esperar de quienes visceralmente rechazan las opiniones y puntos de vistas no solo de sus adversarios  sino también de cualquier correligionario.

La situación del país, amerita hoy más que nunca que todos los errores cometidos sean analizados y criticados en forma científica para salvar al paciente. De lo contrario, se estará haciendo todo lo posible por matar al paciente.

No se está sacando lecciones de los errores. Temo que si no hay rectificación será cuesta arriba transformar la realidad del país.

Obviamente, a los venezolanos, se nos hace difícil hacerle entender al gobierno y a la oposición de la urgente necesidad de corregirse.

El país cambió, sin que la clase política cambiara

Atrás quedó la época de las dictaduras adversadas por notables pensadores de diversas corrientes. Lamentablemente, hoy la involución decadente de la partidocracia criolla hace que el país funcione como una especie de “Vecindad de El Chavo del Ocho”.

Rafael Rodríguez Olmos, advierte que “no sentarse a construir, a organizar, a diseñar, a planificar, a dejar la soberbia y la prepotencia, es un suicidio. Y estoy convencido de que el pueblo no perdonará más una equivocación”.

Sin “autocrítica para aceptar las limitaciones e incoherencias” como expresa Antonio Pérez Esclarín, es demostrar que no hay voluntad de hacerlo bien.

En palabras de Paulo Freire, necesitamos de un “radicalismo crítico que combata los sectarismos siempre castradores (…), sean de derecha o de izquierda –iguales en su capacidad de odiar lo diferente- intolerantes, propietarios de una verdad de la que no se puede dudar siquiera ligeramente, cuanto más negar”.

Quizás lo más terrible de la crítica, es que decirla es una herejía promovida por quienes no quieren hacerlo bien.

Como decía Freire, “el deber, al criticar, es de no faltar a la VERDAD para apoyar nuestra crítica; supone también aceptar las críticas de los demás cuando son verdaderas y supone, sobre todo, el deber de no MENTIR. Podemos equivocarnos, errar; mentir nunca. No podemos criticar por pura envidia, por pura rabia o sencillamente, para hacerme notar”.

Los venezolanos estamos cansados de la demagogia, ese arte burdo o refinado de decir mentiras. No se puede seguir engañando al pueblo con el propósito de conseguir un interés individual o partidista de oscuros intereses.

El país clama por personas e instituciones comprometidas en hacerlo bien por Venezuela y por los venezolanos. Capaces de defender e impulsar el Estado de Derecho y de Justicia Social que nos merecemos, sin distinción de raza, sexo, edad, idioma, religión, opinión política, origen nacional o social, posición económica o cualquier otra condición.

Quienes gobiernen o aspiren gobernar deben tomar distancia de posturas y acciones retrógradas, de lo contrario fracasaran y la historia no los absolverá simplemente por no haber estado a la altura del momento histórico que vivimos los venezolanos.