Las ganancias electorales para la oposición lucen complicadas. La acumulación de errores del G4 y la falta de logros de la Alianza Democrática, han contribuido a un debilitamiento opositor frente al gobierno. El desatino y la pava han hecho que ninguna de las dos políticas que dividen a la oposición tengan una cerca con pinta exitosa.
No vamos a salir del mal tiempo país, mientras ninguna de las tripulaciones advierta que el barco, con sus bodegas repletas de flácidas rutinas, naufraga. La élite, integrada por dirigentes de uno y otro lado, celebra victorias de invento. En los niveles inferiores de la nave, los que gritan y alertan del peligro, no son oídos. Hay un consenso trágico: sólo la élite puede estar en la cabina de mando, aunque nadie la quiera allí. A vista de los peñascos, en la alta plataforma se alzan las copas, pero no brindan por su triunfo, sino por el fracaso del otro.
El milagro invocado es que la población apartada del voto, por reacción contra los políticos o por creer en reiteradas inducciones abstencionistas, retorne a votar por fuerzas con las cuales ya no se identifica. En el sistema electoral aun priva el ventajismo y las provocaciones para hacer del voto una carrera de obstáculos.
El 21 no será un día de victorias para la democracia. Pero puede ser el inicio de la recuperación de las esperanzas. Lo será si ante un probable nuevo revés surgen voces, ideas y proyectos capaces de inspirar confianza. Tener esperanzas es recobrar el ánimo para construir mejoras en la cultura democrática como vía para vivir mejor y afirmar una política donde la gente sea el centro para nutrir a los partidos de ciudadanía y exigirles trabajar por el bienestar y la libertad. El ancla de la esperanza pasa por respaldar una política abierta al entendimiento plural y visión 2024, libre del mito de sacar a Maduro como un corcho.
Si se mira sin prejuicios se pueden percibir señales novedosas en el escenario nacional. Entre ellas, las siguientes:
La economía estatista autoritaria alcanzó su mayor capacidad de destrucción y es un obstáculo para el sostenimiento del régimen autocrático. Entre ambos hay una contradicción que para ser resuelta, dentro del marco del poder dominante, necesita restablecer mercado y emprender aperturas controladas hacia la democracia. Esto implica el surgimiento en el PSUV y en el Estado de un sector reformador y su enfrentamiento con los defensores del viejo modelo.
El conjunto de partidos políticos, gobierno y oposición, entró en crisis de representatividad, de justificación social y de validación ética. El país no los quiere en su forma actual porque han perdido su misión.
Se está socializando una nueva conducta electoral. Votar por candidatos con posibilidad efectiva de derrotar a los oficialistas, aunque susciten reparos o no pertenezca a la misma tendencia del elector. Manuel Rosales en Zulia y Henry Falcón en Lara muestran esa nueva mayoría despolarizada, aunque el fanatismo de parcela pudiera frustrarla.
Aparecen candidaturas independientes y terceras alianzas que ante la inutilidad de la economía del voto permiten un voto advertencia, inclinado a respaldar nuevas figuras postuladas por partidos pequeños como Unión y Progreso, Fuerza Vecinal, Lápiz, Puente, MAS, MIN y agrupaciones regionales.
Aun existen oportunidades para echar por la borda lo que debe quedar en el pasado y unir aportes y energías, desde muchos lados diferentes, para abrir nuevos rumbos y cambiar los presagios de un descalabro.
@garciasim