Yo había cumplido nueve años y era, como digo antes, un adeco “de respiración” Nunca esperé pasar de ese límite.

Los antiguos jóvenes de la UNE fundaron Alianza Nacional y posteriormente una estructura desde la cual postular a Rafael Caldera. Tenía apariencia provisional pero con el correr del tiempo se consolidó como un fuerte movimiento político. Se llamó Comité de Organización Política Electoral Independiente. Semejante nombre se olvidó y hasta desapareció del recuerdo, pero sus siglas, Copei, tomaron vuelo y sustancia propia al punto que cuando son mencionadas nadie se ocupa de descifrar su primario significado. No pocos escriben Copey, suponiendo tal vez que se trate del conocido árbol, también denominado Clusia o mamey silvestre. Ciertos retóricos creen saberlo todo. Se darán a explicar que de sus hojas verdes viene el color de la tarjeta del partido fundado por Caldera.

Gallegos presidente

La victoria de AD fue abrumadora. Aunque un resultado de ese tipo se esperaba, no por eso la entrada de Rómulo Gallegos a Miraflores dejó de despertar intensas emociones. Era el triunfo de la educación sobre los cuarteles. La victoria civil, borrando profundos rastros de militarismo. El primer novelista de Venezuela, el más conocido mundialmente, limpiaba los últimos residuos de gomecismo en la sede del poder ejercido durante 35 años por tiranos bárbaros.

Digo “residuos” a conciencia, porque López Contreras, seamos justos, fue el audaz que comenzó a quitarle la espoleta a la bomba gomecista, y el presidente Medina era un hombre tolerante y progresista. Su sistema sin embargo conservaba mecanismos inaceptables para las mentalidades democráticas. Y ese detalle, “lo que le faltaba a Medina”, me permitirá con el tiempo comprender los motivos de un debate clave entre medinistas y comunistas por un lado, y adecos por el otro.

 

 

Fue una de las primeras confrontaciones políticas densas, verdaderamente de fondo, escuchadas por mí en mi temprana juventud. Las argumentaciones eran excluyentes pero interesantes. Eran dos líneas paralelas proyectadas al infinito. El debate no cesó de recoger nuevos participantes, incluso me permití hacer algunas intervenciones, seguramente jactanciosas.

Se trataba de saber si el golpe del 18 de octubre protagonizado por AD y los militares se anticipó dolorosamente a una evolución natural hacia la democracia o realmente abrió y profundizó un histórico avance hacia ella. Las especulaciones siguen abiertas.

Fue un intercambio realmente notable, una partición de aguas, una polémica necesaria extendida a terrenos más elevados. Esa confrontación política se fue relacionando con la histórica lucha entre la socialdemocracia y el comunismo. Para fortuna de los memoriosos, se cuenta con la dura discusión periodística protagonizada en 1944 por Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva. En 1980 será cuando me tocará leer completa esta vieja y notable polémica. De la forma como se relacionó con mi generación iré hablando según vayan surgiendo las oportunidades. A otros detalles sobre los orígenes de la socialdemocracia en Venezuela me referiré más adelante, a propósito de un debate público celebrado entre Carlos Canache Mata y yo.

Los militares parecían someterse al universo de lo civil. Los líderes del 28 se unían al torrente civil empalmando con personajes como José Rafael Pocaterra, con la garra viva encarnada en sus cuentos grotescos y su novela emblemática. Y estaban los dos Rómulo: el novelista venezolano más conocido en el mundo y el político cuyo talento había puesto la universidad en el Palacio de Miraflores. Por eso tanto la candidatura de Rómulo Gallegos como su victoria habían sido totalmente obvias.

Para evitar posibles intrigas, a instancia de Betancourt, todos los integrantes de la Junta Revolucionaria de Gobierno –comenzando por él– resolvieron declinar sus candidaturas. Nos hicimos el harakiri, dirá tiempo después Betancourt.

En principio estos acontecimientos, si bien me llamaban la atención, tenían escasa relación conmigo, un muchacho por completo ajeno a la política cuyo ambiente se reducía a su familia, su barrio y consabidas pandillas, el estadio de beisbol, los romances con muchachas del colegio, los filmes de fin de semana en el Alameda, el Boyacá, el América, el Dorado, y los circos trashumantes que agitaban los corazones.

Pero ya he explicado que mis tíos maternos militaban en Acción Democrática. Por eso cuando este partido accede al poder el 18 de octubre de 1945 nos sentimos en alguna forma vinculados a la política, atraídos por aquel gobierno de escritores, poetas y políticos de origen universitario. El país y el mundo pudieron sentir que se habían extinguido los últimos vestigios del militarismo abriéndose una luminosa era civil.

Una tierra dominada desde la guerra de independencia por militares le daba una vuelta a la historia. De los cuarteles a las universidades. De las armas a las letras. Era un destino manifiesto, Gallegos era el árbol robusto bajo cuya sombra se agrupaban los jóvenes de la generación del 28. Rómulo Betancourt era el ídolo del momento pero en aquella emergencia juvenil despuntaban Jóvito Villalba, tenido como el mejor orador del momento, Miguel Otero Silva, entonces más poeta que novelista, el poeta Pío Tamayo, Joaquín Gabaldón Márquez, Raúl Leoni, Carlos Irazábal, Isaac Pardo, Pedro Juliac, Rafael Vegas, Israel Peña, José Antonio Marturet, para solo mencionar a los más conocidos por mí o de quienes tuve noticias cercanas.

Sus boinas vascas de color azul devinieron su marca de identidad como lo recoge el hermoso himno de la Universidad Central;

Nuestro mundo de azules boinas, os invita su voz a escuchar,  empujad hacia el alma la vida, en mensaje de marcha triunfal.

No había propiamente motivaciones ideológicas en mi lento acercamiento a la política. Era cosa de símbolos flotantes y ejemplos personales. El punto de deslinde era el civilismo. Civilización contra barbarie. Santos Luzardo contra doña Bárbara y míster Danger.

Américo Martín es abogado y escritor.

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