*UN NUEVO COMPROMISO*
                         Simon García.
Porque no significó una sorpresa, la derrota electoral de la oposición fue doblemente demoledora. Mostró su tenacidad para no unirse y reveló el escaso peso que la grave situación del país tiene en la conciencia y el accionar del cuerpo opositor.
Para los observadores políticos, condición cada vez más difícil de sostener, los resultados tuvieron la contundencia de pasarlos de las gradas al campo de juego y ratificar que todos estamos dentro del túnel de confusiones que reina en las fuerzas de cambio.
Los primeros análisis dan cuenta, como debe ser, de las posiciones obtenidas por el oficialismo autoritario y de la dispersión de votos para  los que trabajó la oposición para impedir que ganara un contrincante de su campo. En este aspecto, no sólo cuantitativo, las oposiciones reforzaron nuevamente las victorias del régimen. En especial la que se refugia en los coletazos abstencionistas de una estrategia insurreccional y la que asumió la división como mal menor.
Un gobierno minoritario ganó la mayoría de las gobernaciones, aunque  nuevamente descendió en su votación nacional. Lo acusador y doloroso es que el conjunto de oposiciones, ya dibujada en tres corrientes obligadas a recocerse y coexistir entre si, decidió no ganar unas catorce gobernaciones más.
En la explicación de la derrota gravita el empeño de reducir la oposición sólo a una parte de ella e imponer el desprecio por alianzas con organizaciones y sectores que están objetivamente opuestos al régimen, aunque subjetivamente tengan posiciones diferentes hacia el gobierno. Una visión pragmática de la política, como aquella que retumbó en la pregunta que Stalin le formulara en 1935 a Pierre Laval, sobre cuantas divisiones tenía el papa. Mientras no se trascienda esta visión que empequeñece la política a una conquista de hegemonías excluyentes, no habrá posibilidades ni de aproximaciones efectivas ni de mínimas concertaciones estratégicas.
Es importante ahondar, sofocadas las rondas de acusaciones para ocultar responsabilidades, sobre cómo resolver la paradoja de una mayoría con dirigentes que le imponen fracasos. Ahora, ya aclarada la pírrica batalla por los segundos lugares, las cabezas de la hidra opositora están obligadas a redimirse ante un país del cual dejaron de formar parte. Para recuperar su papel y su sentido de realidad deben romper con la burbuja metapolítica con la que se construyeron su mundo aparte y ajeno al país. Un país obligado a buscar, fuera de la política, alternativas que los políticos no le dan. Sólo innovando, la élite política, vieja o nueva, podrá recuperar su misión de orientación y conducción.
No se puede encarar la derrota replegándose hacia el extremismo que la sembró.
Al abrir un debate sobre cómo profundizar la lucha democrática a partir de la vía electoral y de la defensa de la gente, al insistir en el entendimiento y la negociación para ensanchar las posibilidades de una transición, hay también que estar alertas al riesgo de cooptación por parte del sistema dominante.
Más que nunca necesitamos una política fundada en valores cívicos y en el ejercicio cotidiano de renovación de la democracia, que nunca puede pasar a ser una tarea para después. Recocer la unidad en las diferencias es una prefiguración de la democracia que se marca desde las luchas previas para conquistarla.
Hay que concertar un rumbo alternativo antes que las transformaciones que hoy se gestan en la sociedad dejen de lado a quienes no pudimos siquiera intuirlas. Hay que recuperar, articular fuerzas, recomponer la dirección en torno a un nuevo compromiso hacia el 2024 para no repetir el camino de Sísifo.